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10 December 2012

Relato de los Lunes #6 - TEEN AGE RIOT‏

Canción: Sonic Youth – Teen Age Riot


TEEN AGE RIOT
Estoy hasta las narices de que la gente no entienda el silencio. Qué hay de malo en permanecer en silencio durante un par de minutos. ¿Qué hay de malo? ¿Por qué hay que hablar de algo siempre?
No digo que esté mal hablar pero, precisamente, el silencio es una de las razones por las que considero al mundo un lugar agradable. La gente charlotea como si realmente dijese cosas interesantes. ‘¡Oh, vamos! ¡Mantén la boca cerrada!’ creo que podría utilizar esa frase varias veces al día. Con personas de todo tipo. A veces parece que las personas mayores tienen cosas que decir, pero no ocurre siempre. No son todos tan interesantes como quieren hacernos creer. Conducir es una habilidad que no te convierte en alguien admirable. Por muy caro que sea el maldito coche del que tienes llaves. 

Alguien que no se molesta en poner un disco por la mañana, antes de abrir con impaciencia las páginas de economía de un periódico, no merece ser tratado con seriedad. De hecho alguien que abre con impaciencia las páginas de economía de cualquier diario no merece ser tratado.
¿Qué voy a decirles? Durante este año han pasado muchas cosas. Uno siempre piensa que en el último curso ya no queda nada por hacer, que siempre se acumula en el peldaño previo. En el tramo inmediatamente anterior. Pero no. En el último año de cada promoción pasan cosas inesperadas. Siempre que asumimos algo  la probabilidad de que suceda todo lo contrario se multiplica por cuatro mil.
Como que uno tiene que tomar la decisión más importante de su vida. Descubrir a qué quiere dedicarse durante los próximos cincuenta años. O lo que verdaderamente le hace feliz. Su vocación.
¿Realmente creen que todas esas personas, que les rodean, que entraron en la carrera convencidas de que eso era todo lo que querían, son felices haciendo aquello en lo que se especializaron? Es de locos. La exigencia del último año y las pruebas que, en cierto modo, determinarán a qué vida puedes acceder, la presión… Todo es una enorme responsabilidad. Estarán ustedes ya convencidos de que si en dieciocho años de vida (ocho de limitada consciencia) alguien es capaz de tomar una decisión de esta relevancia y dedicarse a ello: 1. O es mentira 2. Cambiará de idea otras tantas veces 3. Estamos ante lo que yo llamo un bienaventurado. Un bendito. Un genio a voces, tocado por la mismísima mano que hizo lo propio con Pablo Picasso

Afortunadamente este año, fuera de toda previsión, muchos de nosotros hemos terminado haciendo o experimentando bastantes cosas que no esperábamos. Y no es que los últimos cursos sean experimentales, que sí pruebas, es que las cosas funcionan como si nosotros fuésemos tal experimento.

Los profesores han puesto todo su empeño no vocacional en empujarnos al desastre. Bueno, la mayoría. El de la educación es un gremio complicado.
Muchos profesores no sienten ni un dedo de desaliento por el alumno apurado, muchos de ellos ni nos consideran personas y algunos, incluso, se atreven a aleccionarnos y prevenirnos mediante lo que yo llamo el ‘método del leñador’. Hachando progresos y reduciendo posibilidades. Son ese tipo de personas que te previenen, de la peor de las maneras, sobre posibles caídas a las que probablemente nunca vayas a enfrentarte. Por eso siempre les recordaremos, especialmente, como los primeros grandes miserables de nuestro periodo de adaptación.
Si pensaban que no nos daríamos cuenta, se equivocaban.
 Este año también he reparado en que hay un pensamiento generalizado cuya balanza se inclina en contra de las personas negativas. Es decir, he observado durante este año, que a las personas de carácter negativo se les da menos credibilidad. Menos tregua. Por alguna razón que desconozco, el mal gusto y las gracias tontas siempre caen en apoyo popular. Y en simpatía. Yo no he sido la alumna más positiva de este ni de ningún otro año. Ni dentro ni fuera del colegio. No soy una persona positiva. Y la mayoría de las cosas graciosas que digo tienen relación con experiencias fuertes. Así que a veces no resultan tan graciosas… Tampoco escucho la misma música que el resto de mis compañeros. Ni se me ocurriría ponerme una de esas horribles camisetas rosas con un parche silueteado de la figura de un puma, no. La jefa de estudios (Anna Smith) no te corrige si llevas algo de su agrado que no tenga que ver con la indumentaria oficial, pero hasta la última semana de curso me ha requisado la chaqueta negra que llevaba entre la chaqueta del chándal y la camiseta del uniforme. Igual le sirvieron las converse que me regalaron por navidad para hacer comentarios jocosos durante una buena temporada. Desde entonces he tenido tres pares distintos.  Smith dice que parezco un payaso. En realidad cuando a uno le mueve algo distinto siempre es un payaso a ojos de todo lo que camina de la mano. 
¡Oh! Y luego están mis amigas. Las chicas de clase suelen  tener un tema de conversación. Desde que lo descubrieran este año. En realidad hablo de las chicas en general. Ellas hablan de ellos. Y ellos se dedican a ser ellos mismos. Desde que cumplimos trece años, cuando nos vino la regla por primera vez, todas empezaron a ver películas de instituto americano. La revolución se inmiscuyó en las aulas. Montones de niñas pensando que enseñar los pechos y pintarse los ojos de negro con un lápiz que (por el grosor) bien podría ser de labios,  les convertiría directamente en mujeres. Su única problemática, a partir de ese momento hasta que mueran, será ¿gustarles? O una de las más arraigadas. Tendrán novios, maridos y exes más o menos interesantes. Que las escogerán basándose en el anodino criterio de ‘la ausencia de sustancia’ y que no tardarán en aburrirse de sus cuerpos.
Por no profundizar en ese tipo de relaciones sanas que tiene todo el mundo de repente. Relaciones maduras, adultas, perfectas.  Saben, toda esa gente que trata de parecer normal en realidad no lo es.

Este año perdí la virginidad ¿Pueden creerlo? No esperaba perder la virginidad antes de tener  claro que quería hacerlo, o de intentar cambiar de opinión. De batirme el cobre sobre mis propias opiniones, no sé. El encargado de la cafetería que hay frente a la biblioteca, al lado de la consulta del que hasta ahora fue nuestro pediatra,  me sedujo. Seducir es una palabra sofisticada y graciosa ¿saben? Mi madre acaba de enterarse, eso también. No hablé sobre ello porque en realidad no fue para tanto. Y porque no entiendo qué hay de agradable en introducir a otra persona en tu vida sexual de manera gratuita.
Él es mayor que yo. De hecho tiene treinta y dos. Es biólogo, y bastante aburrido la mayor parte del tiempo. La excusa  fue su colección de discos. Que, todo sea dicho, es alucinante. Aquel día llevaba una camiseta de los Smashing Pumpkins. Lo crean o no, esa fue la razón principal por la que decidí dejar que se acercase a mí de esa manera. Bueno, eso y que nunca se refirió a mis zapatillas como un aliciente para tratarme de manera distinta. Y si lo hizo fue para bien.
Nos hemos visto más veces pero creo que está saliendo con esa chica rubia a la que acompaña a casa de vez en cuando. Le entiendo, y la verdad, no me importa. El año que viene estaré fuera. Mis padres han decidido dejar que me vaya. Estoy contenta. Aunque imagino que en el último instante, antes de bajar del coche, porque quiero imaginar que me acompañarán, ya saben, para hacer que parezcamos una familia, me pondré algo nerviosa. Algo más insoportable de lo que les tengo acostumbrados.
Seguramente recuerde estos años con cariño, porque: 1. Uno siempre recuerda las cosas horribles y 2. Con la distancia, y tiene sentido porque ya no importan tanto, el cariño es más cómodo que el odio. Y, claro, odiar algo que no te importa es ciertamente complicado. Odiar es querer. Es como valorar algo en la misma proporción aunque la sensación sea contraria. Adquiere un valor parecido dentro de la estimación que queramos darle.
Mis padres se separaron durante este año. Por eso, aunque se hayan sentado uno al lado del otro, no han cruzado palabra en toda la tarde. Espero muchas llamadas de mi hermana pidiendo asilo el año que viene.
Dos de mis amigas no se hablan por una historia de uno de los tíos de clase en el cumpleaños de no sé bien quién. No es importante, pero sí tarde para intentar corregir los insultos de la última vez que nos vimos. Lily se quedó embarazada, aunque ya no lo esté. Y bueno, parece que vaya a casarse. ¡Sorpresa!
Las cosas están más o menos así. Terminar el colegio es el primer paso hacia la evolución humana. De hecho la sensación ahora es que dependiendo de la carrera que escoja tendré que seguir lidiando con gente de la que no quiero saber nada. Tengo ganas de perderos de vista. Es innegable.
Que paséis un buen verano.
___________________________________________________________________
Entonces solté el micrófono y sonreí.
Todo el mundo en el auditorio se puso en pie. Menos mis padres y los profesores, claro. Mis compañeros aplaudían sin parar. Para que vean que no me equivocaba. Así fue como terminé el instituto.
Lo que pasó después no tuvo nada que ver.
Enid, 1994.


26 November 2012

#5 RELATO DEL LUNES‏

Canción: Neutral Milk Hotel – Two Headed Boy

Two Headed Boy
  • ¡Es que no lo entiendo! – exclamó Dennis medio ahogado, sin girarse.
  • Vale. – respondió Lena.

Entonces se acercó al perchero que había en la entrada. Un mueble de bambú que les había regalado Jane, amiga de Dennis, el día en que se mudaron a aquella casa. Agarró su abrigo, giró el manillar de la puerta y se marchó.
Dennis seguía apoyado en la encimera, inclinado sobre la pila en la que pretendía terminar de lavar una lechuga cuando a Lena se le ocurrió decirle lo poco que sentía haberse acostado con su mejor amigo.
Jack era algo más alto que Dennis y algo menos corpulento. Eso que Dennis no era precisamente un bargueño. Tenía los ojos marrones. Y las manos grandes. Más que Dennis, de hecho, pero parecían menos delicadas. Solía llevar camisas de cuadros. Como si la moda de los leñadores de Seattle hubiese hecho verdadera mella en su armario. Y, alguna vez, se ataba pañuelos al cuello incluso. Como un caballero inglés. Muy pretencioso.
Dennis simplemente no podía creerlo. Cuánto hacía que conocía a Jack ¿quince? ¿Veinte años? Eran amigos desde el segundo año de universidad. ¡Desde los diecinueve! ¡Qué clase de amigo hace eso! ¡Qué clase de amigo no está presente en un momento así porque resulta ser PROTAGONISTA!
Oh. No’ era lo único que Dennis era capaz de discernir en aquel momento. Antes de poder terminar de lavar la lechuga. Antes incluso de presionar el mango con fuerza para que volviese a salir agua del grifo, Dennis, caminó por toda la casa hasta dar con su teléfono móvil. Marcó el número de Jack y ajustó una cita para esa misma noche.
Eran las ocho y media de la tarde. Dennis no terminaba de entender cómo, aún sabiendo lo que hacía, Jack había accedido al encuentro. La pieza de verdura permanecía seca, sobre la tabla de cortar de la cocina, impertérrita; casi virginal. Lena tenía que habérselo contado a Jack ya. Seguro que él ya sabía lo que Dennis quería decirle. Seguro que era consciente de que tendría que hacerle frente. Con todo había descolgado el teléfono como si nada, y no sólo eso, si no que asimismo había accedido a encontrarse en su cervecería favorita. ‘Vaya’, se repetía Dennis. ‘De ahora en adelante odiaré ese lugar’.
Cada vez había más luces encendidas en la casa y Lena no daba señales de vida. ¿Estarían juntos? O lo que es peor, ¿aparecerían juntos? No, eso no era posible. No podían ser tan poco considerados.
Dennis empezaba a asumir su nerviosismo. No era capaz de discernir entonces qué le preocupaba más, si la responsabilidad y el respeto de su amigo o perder a Lena de aquella manera. Bueno, era ella quien le perdía a él. Era ella quien le había metido en aquel lío. ¡Dios, Lena!


Dennis pensó entonces en lo mal que lo había pasado Lena desde la muerte de su madre. Quedaba una semana para que se cumpliera el primer aniversario de la pérdida. Quizá aquello no era más que una de las fases del duelo de Lena. Desde luego ella no parecía entender su postura.
Entre las muchas cosas que Lena había gritado tratando de justificarse Dennis aseguraba con especial atención ‘os quiero de forma distinta’ y ‘no quiero perderos a ninguno de los dos’. ¡Cómo era posible! ¡Cómo era posible! Cuántas veces habían discutido sobre Lena. Cielo santo, no era capaz de contabilizar el montón de tardes que habían empleado en resolver algunos de los problemas que Dennis tenía con ella. De hecho Lena era una de las chicas más complicadas que conocían. Precisamente cuando murió la madre de Lena, Dennis y ella peleaban a menudo. La convivencia se complicó. Tuvieron varias riñas fuertes los primeros dos meses y era Jack quien terminaba resolviéndolo todo. ¡Maldita sea! Claro.
Además, Lena, aún iba a clase. Y a Dennis le costaba sobrellevar su horario. Y compatibilizar espacios de trabajo. Y las salidas. Pero, por favor. No había una sola hora del día en que no se acordase de ella.
Lo hacía por la mañana, y sonreía mientras apuraba pequeñas cucharadas de azúcar. Lena siempre le ponía una barbaridad de azúcar al café. Solía acordarse de ella también al pasar por delante de algún escaparate con ropa muy llamativa. Lena odiaba aquella ropa fluorescente. Lo que le traía a la memoria la primera vez que se compró un cómic. Reinhard KleistJohnny Cash: I See a Darkness. Y aquella cola de una hora que hicieron hasta llegar al mostrador para ser atendidos. Y cómo Lena se pasó toda la hora masticando chicle mientras analizaba al resto de personas que esperaban colgada del hombro de Dennis. Dándole vueltas con el dedo a los rizos de su melena roja, espumosa.

Cuando escuchaba alguna frase concreta también se acordaba de ella. E imaginaba su reacción. O esperaba a contárselo al llegar a casa y observarla. Lena era una persona graciosa. Con humor del bueno. Una de esas personas ocurrentes y divertidas con las que puede pasar uno tres días seguidos riendo y no terminar agotado de la misma broma. Tenía miles de gestos de Lena grabados, como si fuesen propios. Lena también solía levantar un extremo de la boca, casi hasta la mitad de su mejilla, como dejando resbalar la sonrisa. Sobre todo cuando alguien decía alguna estupidez encantadora. Era una mueca refleja. Y se frotaba los ojos sin parar cuando no llevaba maquillaje. Por todas las veces que decidía aderezarse la cara. Cruzaba siempre los dedos de la mano derecha cuando estaba nerviosa o se cogía una mano con otra si no sabía qué hacer. Ese gesto ya era de los dos.
Una cosa que le encantaba a Dennis es que cuando había mucha gente alrededor y Lena no conocía a nadie solía acercarse a su oído y decir ‘sólo te escucho a ti’. Aquello significaba que empezaría a contestar con despotismo en menos de media fracción de segundo. Esas marchas forzadas siempre terminaban en algún lugar mejor.
Una noche, meses antes de que la madre de Lena muriera. Fueron a cenar a un restaurante chino. Era invierno. Lena se pasó toda la noche jugando con una niña que correteaba por el comedor. Aquella niña resultó ser la hija de los dueños del restaurante; terminaron por regalarle uno de esos cuadros en los que parece que el agua se mueve. Fue esa noche cuando Dennis comprendió, en cierto modo, que Lena no era una chica como las demás. Que tendría que aprender a convivir con ello. Y que no trataría de estar a la altura. Simplemente intentaría evitar conflictos y disfrutar de todo lo que ella disponía.
Y ahí estaba, pensando en todos los momentos divertidos y bonitos. Después de todo. No tenía ningún sentido pensar en ello ahora. En aquel momento Dennis tenía que estar enfadado. Tenía que ponerse el ceño fruncido antes que los pantalones tejanos.
Y eso hizo. Se miro en el espejo enfadado. Se vistió. Se colgó la chaqueta sobre los hombros, cogió las llaves, pasó los brazos por la manga correspondiente y repitió el mismo gesto que Lena hacía unas horas. Quizá con un poco más de suavidad. (Encima).
Al llegar al Americano, Dennis no titubeó. Jack siempre aparecía tarde así que entró en el bar. Saludó a la camarera, conocida, sin aspavientos. Y alzando la mano señaló, segundos antes de abalanzarse sobre el banco, una pinta de Brooklyn Lager que otro de los clientes del bar sujetaba sobre la barra.
La camarera no tardó demasiado en acercarse, desde que le señalase la cerveza del otro tipo, a traer la suya. Tenía un par de preguntas en la punta de la lengua. Pero no quiso ahondar en el asunto de por qué Dennis portaba el semblante serio, las manos blancas, y la saliva espesa. Lo dejó tal y como estaba. Tentando al buen humor con una sonrisa. Que Dennis retornó de manera educada.
Antes de poder incluso repasar mentalmente lo que quería decirle, antes de darse cuenta de que ya estaba allí, Jack se sentó frente a Dennis. Era una mesa amplia. Frente a la ventana. Elegantes, como en un cuadro de Hopper, se saludaron con un apretón de manos. Dennis ni si quiera se puso en pie para hacerlo. Después del saludo, Jack se acercó a la barra. Pidió otra cerveza y volvió para sentarse en el banco almohadillado, de cara a Dennis.
Jack llevaba una chaqueta de cuero negra con una camiseta gris desgastada debajo. Unos vaqueros rectos con los bajos doblados y unas New Balance grises, muy desgastadas, que compraron juntos el domingo en que Martha le dejó. Hacía casi tres años.

Está especialmente guapo’ pensó Dennis. ‘Especialmente feliz’ se repitió mientras se llevaba la mano derecha a la boca para mordisquearse una uña.
  • ¿Cómo ha ido el día? – preguntó Jack con naturalidad sujetando su cerveza.
¡Pero bueno! Cómo puede ser… ‘ Dennis no entendía absolutamente nada. Y retirándose la mano de la boca para poder hablar exclamó.
  • Dímelo tú – mientras sustituía el dedo por la cerveza en su boca y volvía a colocar la mano después del segundo trago.
  • ¿El qué? – preguntó Jack tranquilo.
  • Cómo ha “ido el día” – dijo Dennis algo más cabreado.
  • Mi día ha estado bien. He trabajado hasta tarde y he salido a dar un paseo antes de venir. Cuando me escribiste aún estaba con el proyecto de NEMS.
  • Oh, Jack, por favor… - Dennis recogió su cabeza con las manos. La movió. Como hacen los hombres cuando discuten con una mujer.

Apretó la mandíbula y respondió:
  • ¿Me vas a contar lo de Lena? He hablado con ella.
  • Ooh… JO-DER. Me dijo que lo hablaríamos los tres.
  • Da igual, da igual que seamos diez, cuatro u ocho. Eres mi mejor amigo, Jack. ¿Entiendes eso? ¿Entiendes que Lena es casi todo lo que hace que me sienta cómodo en mi propia piel? ¿Lo entiendes?
Jack bajó la cabeza arrepentido.
  • Dennis, me gusta Lena.- respondió con miedo.
  • Es que ¡No puede ser! No me lo puedo creer – Dennis se agitó en el banco, moviendo las manos, rozando los dedos con sus labios, volvía a estrechar la mandíbula. – ¿No entiendes que estas cosas entre amigos no pueden pasar? ¡Maldita sea Jack! Confiaba en ti.
Jack con la cabeza aún baja contestó
  • Sabes que somos amigos, Dennis, sabes que nunca te he fallado. Ni aquella vez que la fulana con la que estabas se acercó en la fiesta del cumpleaños de Brandon e intentó… ya sabes…
  • Es que no puedo creerlo… ¿En qué momento te planteas que puedes acceder a esto? ¿En qué momento… ¿Cuándo empezó todo esto? Quiero saberlo.
  • Oh… ¡Vamos Den! No pienso entrar a ese juego.
  • ¡No me vengas con eso Jack! Tengo derecho a saberlo.
Era evidente que la decepción de Dennis iba en aumento. Igual que la vergüenza, aún consciente, se apoderaba de Jack. Que, cada vez más rojo, ofrecía explicaciones breves y bochornosas sobre cómo y cuándo empezó todo. Cómo y cuando decidieron transformar la situación en realidad. Cómo y cuando empezaron a hacerse cargo de que aquello iba mucho más en serio de lo que eran capaces de sobrellevar en secreto.
El alcohol, igual que la tensión se perdía entre gargantas y Dennis estaba cada vez más triste y obcecado.
  • ¿Qué se supone que debo hacer Jack? ¿Os entiendo? ¿Os abandonó a la suerte? ¿Me abandono? – Dennis, visiblemente ebrio, resbalaba en sus propias palabras. Considerando que la dicción era lo menos importante.
  • No es para tanto. Creo que iremos acostumbrándonos. Con el tiempo…
  • ¡No es para tanto! – Dennis se puso en pie, el bar estaba notablemente lleno - ¡Que no es para tanto, dice!
Anna, la camarera, miró a Dennis alertada por los gritos y cruzó la barra. Acercándose, le tomó del brazo, Dennis forcejeó unos segundos y paró, al ver la cara de Anna mirándole a los ojos.
  • Dennis, tranquilízate, ¿quieres? – dijo ella sonriente como cuando le sirvió la primera cerveza. Como siempre.
Jack no sabía qué decir. Se había puesto en pie también, alertado por la fuerza de Dennis.
  • ¡No es para tanto!”, dice. “Nos acostumbraremos con el tiempo”, dice. – y levantando la voz más que las manos exclamó - ¡Cómo voy a acostumbrarme a que mi mejor amigo – señalando a Jack – se acueste con mi hija!

Jack se tapó la cara, intentando ocultar su rostro de todos los ojos abiertos que apuntaban en aquella dirección. Dennis tardó menos de un minuto en desplomarse sobre el banco almohadillado del Americano.
Lena tardó algo más en aparecer. Alrededor de una hora y media desde que recibiera el mensaje de Jack avisando sobre la discusión.
A Dennis le costó una resaca y un día entender que Lena quisiera escuchar a otras personas.
Laura P. Calle


12 November 2012

El relato del Lunes by Laura P. Calle




RIIIING RING.
RIIIING RING.
  • ¡Quieres hacer el favor de coger el teléfono!
  • Sigo en la cama. ¿No puedes cogerlo tú?
RIIIING RING.
  • No, no puedo. ¡Tengo las manos mojadas! Por una vez en tu vida querrías poner los pies en el suelo antes de mediodía…
  • … Aarg Vale ¡VOY! – interrumpió Cecile mientras hundía la cabeza en la almohada a modo de despedida.
  • ¡Será mejor que te des prisa! Quien quiera que sea estará a punto de colgar. – Repitió la Señora Schrödinger.
  • Síi, mamá. Ya voy. – exclamó Cecile a regañadientes, alargando el quejido.
El piso en el que la Señora Schrödinger había decidido criar a sus hijos no tenía nada que ver con ninguna de esas espaciosas viviendas que uno imagina que va a poder permitirse cuando decide formar una familia. En el gesto de la Señora Schrödinger se leían veinte años más de los que pesaban sobre su espalda. A pesar de todo siempre miraba con rectitud. Su media cabellera castaña caía sobre unos enormes ojos azules. Fríos como sus manos.
Desde que el Señor Schrödinger les abandonó, aquella casa se había convertido en un desastre manifiesto. Un desastre de reducidas proporciones. Pero un desastre. En aquel lugar se mezclaban acentos, aromas, pasos, silencios, llamadas telefónicas; la esencia de todas las personas que compartían las estancias era tan distinta... Tan distinta como las narices. Las narices siempre son peculiares.
Cecile era la mediana de cinco hermanos. Tenía la cara llena de pecas. El pelo largo y rubio, como sus dos hermanas pequeñas, Sophie y Adelaida. Era espigada y desgarbada. Siempre llevaba ropa extravagante. Con todo. Con su edad y en conjunto. Pero disfrutaba de ello. Solía recogerse el pelo con una coleta o en una trenza. Sin embargo, cuando Cecile se soltaba la melena todas sus hermanas, de manera encubierta, observaban atentas cada movimiento de aquel manojo de aire. Era como si cobrase vida. Cecile era una de esas chicas cuyos brazos se estrechan en unas muñecas semejantes a la porcelana en aparente fragilidad. Ver cómo se movía Cecile a veces era un lujo. Austera y elegante. Sin pretensiones. Ah. Y tenía las manos más bonitas que puede tener una niña de quince años. La culpa era de aquella vecina negra, Jocelyn. Jocelyn solía cuidar a Cecile cuando su madre trabajaba hasta horas intempestivas. En casa de Jocelyn había un piano. Ella y sus amigas se reunían en las tardes para cantar. Ya saben, esas reuniones en las que los negros cantan góspel alrededor de un piano. Tienen que haberlo visto en alguna película. Jocelyn enseñó a Cecile a tocar el piano para poder acompañar a sus amigas con la voz. ¡Caramba! Cómo le gustaba disfrutar de aquella niña. Y, bueno, pueden entrever las proporciones del amor incondicional que sentía Cecile por aquella mujer sin cintura. 


Al morir Jocelyn el piano desapareció. Es probable que alguno de sus hijos, que no la visitaban desde que muriera su marido, vendiese aquel Fender Rhodes Silvertop del 70 sin saber lo que se hacía. Algunas personas nunca terminan de entender cuál es su función en el mundo. Eso siempre es un problema.
Sophie y Adelaida dormían en la misma habitación. Cecile acostumbraba a dormir con su madre, pero hacía un mes que Lydia había partido hacia su primer año de universidad. Ahorró durante mucho tiempo para salir de ahí. Lydia era la más trabajadora. De esta manera Cecile, a punto de cumplir dieciséis, ya no tenía que compartir dormitorio con su madre. Esa era una de las razones principales de la nueva y notoria pereza de Cecile. Causa también del indiscutible, y también nuevo, desinterés por acudir a clase a diario. Sophie era la más pequeña y, en riguroso orden, el tiempo que dividía a aquella familia en edad era de dos años. Dos años separaban a todas las hermanas. Los mismos que diferenciaban en tiempo a la mayor y el único chico, Ben. Hacía tiempo que Ben vivía con su última novia en una de esas zonas que uno no quisiera tener que pisar al caer el sol. Ben no iba mucho por casa. Lo cierto es que a Ben le interesaban otras cosas.
Cecile siempre pensó que Ben terminaría por darse cuenta de que aquel era un lugar para ellas.
La casa que la Señora Schrödinger podía permitirse estaba en la ciudad más importante del país. Si no la más, de las dos más sólidas. Imagínense una ciudad enorme. La más grande que conozcan. Con edificios desmedidos, locales humeantes, calles repletas, el ruido, la tranquilidad de los bancos en los parques, los suicidas, los perros atados, los aviones, los carriles para taxis, los escaparates navideños. Todas esas cosas acogedoras como parte de algo. Todas esas cosas que uno no puede disociar. Y ahora traten de imaginar cualquier zona suburbial que acostumbramos a ver en las películas como lugar maravilloso. Digamos que el cine actúa de embellecedor. Aquel no era más que otro gran agujero donde establecer el cuartel general para toda una vida.
  • ¿Diga? – Añadió Cecile al tiempo que sujetaba aquel artilugio con indiferencia, y se frotaba el ojo contrario a la oreja por la que esperaba la réplica.
Todo lo que escuchó entonces fue un triple Beep.
  • Han colgado – gritó al pasar por la cocina de vuelta a las sábanas.
  • ¡No voy a permitir que vuelvas a meterte en la cama! – exclamó la Señora Schrödinger mientras atravesaba el pasillo con paso de haber perdido los nervios.
En aquel momento Cecile se dio cuenta de que tendría que levantarse. Al menos hasta que su madre se fuese a trabajar. Y para eso aún quedaba una hora. Bajo la atenta mirada de la Señora Schrödinger, que no cejaba en su empeño por alejarla del lecho, se puso en pie. Alzó la persiana e hizo como que colocaba un par de pares de zapatos tirados por el suelo de su nueva habitación. Cuando la Señora Schrödinger estaba a punto de estallar como una cafetera italiana, de nuevo sonó el teléfono.

RIIIING RING.
RIIIING RING.
Martha salió disparada. Con un pantalón y un zapato de Cecile en la mano descolgó el cacharro.
  • ¿Quién es? – dijo mientras colocaba el auricular en su hombro.
De nuevo Beep-beep fue lo único que se desprendía de aquella, ya misteriosa, segunda llamada consecutiva.
Martha colocó el receptor en su sitio y volvió a encaminarse hacia la habitación de Cecile.
  • ¿Quién era? – dijo Cecile realmente intrigada
  • Nadie, no contestan – respondió Martha.
La Señora Schrödinger dobló el pantalón aún sujeto a su espalda y lo metió en uno de los cajones del aparador que había en la habitación original de Lydia. Después hizo lo mismo con el zapato de Cecile. Lo dejó en su sitio y salió de allí hacia la cocina.
Cecile se acercó a la silla que había junto a la ventana. Sobre la silla, un montón de ropa arrugada. Cogió un jersey gris, con una greca amarilla y marrón dibujada en la parte superior, y unos pantalones largos. Abrió uno de los cajones del aparador y sacó unos calcetines, un sujetador negro y unas braguitas granates.
Martha se apoyó en el marco de la puerta mirando a Cecile.
  • ¿Sigues viendo a ese chico? ¿Cómo se llamaba… - preguntó Martha inquisitiva.
  • ¿Te refieres a Jake? – respondió Cecile abrazando las prendas que había escogido, saliendo por la puerta.
  • ¡Sí! El hermano del amigo de Ben – añadió Martha siguiendo los pasos de Cecile.
  • No. – Respondió Cecile entrando al baño – hace dos semanas que no hablamos.
  • Pero,… ¿Le diste el número de casa? ¿No es así? – insistió Martha, mientras volvía a dejar caer un hombro sobre el marco de la puerta del baño.
  • Sí, bueno. Pero ¿por qué iba a llamar ahora?


Cecile había dejado su ropa sobre el tocador, acababa de sentarse en la bañera. La bañera se extendía desde la parte izquierda del servicio hacia el fondo. Donde se encontraba el retrete. Frente al váter había un bidé. Lydia solía utilizarlo para lavar su ropa interior. Nadie más lo utilizaba nunca. En la parte derecha de la puerta, justo delante de Cecile, estaban el tocador y el lavabo. Era un baño pequeño pero resuelto. La ventana estaba al final. Precisamente iba a parar a una escalera de incendios. Las vistas alcanzaban hasta el edificio contiguo. Todo ladrillo.
Hacía ya cuatro años desde la última vez que alguien había entrado a robar por esa ventana. Debía de haberse corrido la voz de que en casa de los Schrödinger ya no había nada de valor. Porque no lo había.
Se preguntarán ustedes por qué Martha mantenía el apellido de su marido. Ni si quiera ella lo sabía. A veces la costumbre hace más por uno mismo que lo que uno mismo puede atribuirse.
Martha permanecía en silencio, aún en el quicio de la puerta, pensando. Cecile se deshizo de la camiseta con la que había dormido, descubriéndose por completo de cintura para arriba. Tenía la piel fina y clara como un folio satinado.
  • ¡Mamá! ¿Piensas quedarte ahí mucho más tiempo? – exclamó Cecile molesta.
La Señora Schrödinger zarandeó la cabeza y asió el trapo que portaba en la mano con fuerza, agarró el tirador de la puerta y lo atrajo a sí misma al tiempo que caminaba hacia atrás.
  • No quiero ponerme pesada, pero ya sabes lo que pienso de ese muchacho. Sabe demasiado. Y ahora tú has cogido la misma manía de no ir a clase, mira por dónde.
  • Oh, mamá… no empieces, por favor. ¡Ya te he dicho que hace semanas que no nos vemos! – Cecile empujó la puerta hasta cerrarla por completo.
Martha se quedó en el pasillo. Observando la puerta cerrada fijamente. Después volvió a girarse y entró de nuevo en la cocina.


  • ¡Acuérdate de recoger a Adelaida antes de que se haga de noche! – gritó Martha desde el recibidor caminando hacia el salón – Y no dejes que Sophie tome nada que tenga cafeína. Ya sabes lo nerviosa que se pone.
  • Creo que llevas repitiéndome lo mismo desde que,… no sé.
Cecile veía la televisión en el sofá. Apoyada sobre uno de los reposabrazos.
  • Tienes razón – dijo Martha poniéndose los pendientes en el reflejo de la ventana - ¿Te acostarás pronto esta noche? Me gustaría que mañana fueses a clase.
Martha se dio la vuelta dirigiendo la vista sobre Cecile.
  • Vale. Leeré hasta quedarme dormida. ¿No es eso lo que quieres?
  • Sí.
Martha se acercó a Cecile y, retirando el pelo de su cara, la besó en el hombro. Suave. Como hacen las madres. Después se marchó cerrando la puerta con firmeza. Como hacen los padres.
En ese momento volvió a sonar el teléfono.

Con el primer tono los casi dieciséis años de Cecile se abalanzaron sobre el aparato. Por la intensidad podría haberlo incluso arrancado de la mesa. Pero no, Cecile aún con vigor, permanecía siempre distinguida en movimiento.
  • ¡Sí! – exclamó aún extasiada intentando aparentar lo opuesto.
  • … Hola. Hola. Verá, ¿quién es?
Era una voz masculina, grave. Muy grave. De esas voces atractivas en matiz pero tan inseguras que ni se consideran.
  • ¿Cómo que quién soy? No. Creo que esto no funciona así. ¿Quién es usted! Es la tercera vez que llama,… ya que ha decidido hablar hágalo hasta el final, ¿no?
  • V-verás. Es que no estoy seguro de ser tú p-padre. O tú m-marido. Puede que ni si quiera seas la-la p-persona a la que estoy b-buscando - dijo aquel hombre con la voz nuevamente entrecortada.
Al oír aquella explicación Cecile cerró los ojos retirando el auricular de su oreja con ternura. Al principio no hizo ningún esfuerzo pero pasaban los segundos, y aquellos óvalos azules cada vez se ceñían con más fuerza a sí mismos.
Entonces pensó en los veranos yendo a visitar a los abuelos en autobús. Y en los veranos en casa. El calor. En los últimos trabajos de Lydia. Lo tarde que volvía siempre. Con ese delantal, y la misma cara de cansancio que visten los corredores de la maratón de Nueva York el primer domingo de noviembre de cada año, cuando aparecen en la televisión. Pensó en las peleas de Ben. En sus amigos llenando la casa de humo. Pensó en los turnos que ideaban siempre que Adelaida tenía función de teatro. En lo graciosa que se pone Sophie cuando no puede dormir. Y en cómo zarandea, de aquí para allá, ese oso azul con pajarita que encontró en el parque cuando está contenta. Pensó en sus cumpleaños. En las navidades. Pensó en Lydia enamorada de aquel chico del bloque, escapándose de casa por la noche.
Pensó en su madre despierta esperando a que Lydia volviese del trabajo. En la lucha constante porque Ben entendiese que recrearse no le haría más feliz. Recordó la noche en que Adelaida no paró de llorar porque ninguno pudo ir a ver aquella obra en la que interpretaba a un cangrejo sin amigos que termina siendo el alcalde de la colonia marina. Recordó a su madre contabilizando gastos. Comida. Cosiendo. Limpiando. Recordó a Lydia bañando a Sophie de madrugada para conseguir que se relajase y durmiese. A su madre recitando canciones de su infancia mientras cocinaba. Recordó todos los cumpleaños y las navidades en las que Martha había dormido abrazada a ellos. Recordó haber empezado a dormir con su madre para que aquella falta de cariño no fuese motivo de desesperanza. En aquel instante hasta recordó a Jocelyn, tocando el piano. Cantando sonriente entre amigas. Incluso recordó al marido de Jocelyn, Jeffrey, ayudando a su madre a comprar y esconder regalos en varias ocasiones.



En aquel instante Cecile pensó en mantener la llamada. Pensó en responder a las peticiones de su padre. Quedar con él en alguna cafetería agradable cerca de la Avda. Hillside, al oeste de la 187. Dejar que la invitase a un buen batido de chocolate. A unas tortitas con sirope de arce quizá. Charlar. Ponerle en contacto con los demás. Pensó en que a lo mejor a Lydia le haría ilusión recuperar la relación. Y en lo mucho que le entusiasmaría la idea de su vuelta a Ben. En todos los planes que harían juntos por primera vez. En grabar sus gestos. ¿Se parecería a él? Fue capaz de visualizar, en aquel instante, la conversación de bienvenida. Con todos hablando en desbandada. Resumiendo trocitos de su vida. A trompicones. Pensó en lo rápido que sus hermanas pequeñas se olvidarían de los últimos años. Es algo que la gente practica con naturalidad.
‘La Señora Jocelyn estaría de acuerdo con este reencuentro’, pensó. Pero no era igual de justo para todos.
Fue entonces cuando tapó la entrada de audio, se pasó la mano por la nariz, acerco su boca de nuevo al teléfono y exclamó indemne:
  • Disculpe señor, creo que se ha equivocado. – dijo encajando el receptor en la base.
Cecile sostuvo hasta la última arruga de su rostro, fruncido y calado, aquella tarde.

Laura P. Calle







05 November 2012

EL RELATO DEL LUNES #2‏



Johnny Cash – man in black

Dios sabe por qué este maldito insomnio me acompaña adonde quiera que vaya. Apenas llevo un mes viviendo aquí y las noches se retuercen como una carrera de fondo entre mi cansancio y la perseverancia del sueño por mantenerme despierta.
Dentro de un par de días ocuparé el puesto de trabajo que me ha traído a esta ciudad. Me contrataron desde allí. Hice un par de entrevistas, ya saben, la segunda dependía de la primera. Mi amigo Shaun dice que son como rounds de boxeo. Mordedores, guantes, un par de empujones y ¡a por el cinturón!
Al final ni si quiera tuve que pelear por ello. Para las relaciones personales soy la persona más discapacitada que conocerán jamás. Pero cuando se trata de mi trabajo tengo la seguridad de un lobo hambriento frente a una joven despistada en mitad del bosque.
Cuando uno se marcha de casa. Quiero decir, en serio. Utilizando un número inconmensurable de frases hechas con amigos que probablemente te odiarán por ello en 3, 2, 1… y mirando los rincones con cierto desdén. Como restando importancia. Hablo de cuando uno hace la maleta con ropa de invierno y de verano, indistintamente. Las ganas de sonreír se reducen. Igual que las llamadas.
Tenía que ser. Era mi momento. Pensaba todo aquello porque no podía dormir no crean. Y no podía dormir porque pensaba todo aquello. Que junto con las prisas por amueblar, en cierto modo, mi nuevo piso y los montones de libros aún por colocar se estaba convirtiendo en una costumbre. En realidad ya lo era pero durante un par de días había conseguido recuperar el sueño. La tormenta y la calma. ¡Maldita sea! He vuelto a utilizar uno de esos tópicos otra vez. No me odien.
La única interacción con personas en la que había puesto algo de empeño desde mi llegada había sido con los dependientes del restaurante chino que había a dos manzanas de la mía y los chicos del videoclub.
A lo mejor soy una negada para las relaciones personales porque me gusta tantísimo el cine. O me gusta tantísimo el cine porque soy una negada para las relaciones. El caso es que me pareció estupendo encontrar un videoclub cerca de casa. Tan pronto como me desprendí de las maletas, el primer día (no, la primera tarde), bajé a aquel videoclub a ejercer mi derecho como nueva ciudadana extranjera a perfeccionar su idioma a través del cine. Por ejemplo.
En realidad, todo tenía que ver con que adoro la forma que tiene el cine de exponer una realidad fragmentada. Adoro la cantidad de personajes que se dan cita en una misma cinta sin necesidad de ser justificados. Me encanta la direccionalidad de los diálogos en el cine. La caracterización. Los vestidos. Los besos. Los besos en el cine siempre duran lo que tienen que durar. En la realidad a veces tiene uno la sensación de que algo va mal mientras besa. En el cine si un beso no funciona es porque la intención era que ese beso no funcionase. Todos queremos que al besar a alguien desaparezcan las complicaciones.

¿Es el cine responsable de nuestras expectativas vitales? Sin duda. Pero merece la pena.
Siempre quise dedicarme al cine. Se podría decir que es vocacional. Eso es. Vocacional. Me abandonaría al mundo del cine si pudiese. No sé. Ni si quiera sé qué me gustaría hacer en una película, pero formar parte de algo así. Oh. No puedo ni imaginar cuánto me costaría dormir entonces. O quizá no. Puede que entonces todas estas disquisiciones absurdas cobrasen un sentido aplicado y no tuviese que desemplear mis horas de sueño en enredar almohadas y esparcir residuos comestibles por toda la casa.
Saben, mi trabajo consiste en desnudarme casi por completo y bailar delante de todo el que atraviese la puerta del local. Sé que no es un trabajo muy cinematográfico. Ni si quiera es intelectual. ¿Creen que no lo sé? Mi amiga Anna siempre dice que no entiende como alguien con mi sensibilidad trabaja en esto. Pero me pagan bien. Y no me parece que haya que tachar a nadie por vivir así. Algunas actrices también se desnudan ¿no?
Desde que vi aquella película de Win Wenders,… París, Texas, incluso me inspiro en la estética de algunas escenas cuando trabajo. Claro que no soy tan guapa como Natassja. ¿Verdad que sale preciosa en esa película? En esa y en Tess me gusta especialmente.
Lo malo de mi trabajo es que a veces se siente una un poco sola. Las mujeres somos bastante afectivas, saben. Y no siempre es fácil tratar con hombres. Algunos de los hombres que vienen a vernos no saben bien cómo hacer las cosas y no es raro encontrarse de repente en la sala de descanso empapada en lágrimas. Notando el sabor salado del llanto incluso en las mejillas. Con todo el maquillaje extendido en las manos en las que a veces hundimos la barbilla. El miedo es erosivo. Como la arena en el viento pegando contra las rocas de los acantilados. Son mordiscos. Pero es inevitable. Sentir miedo nos reconvierte en vulnerables. Porque lo somos.
Este último año he llorado tantas veces que, finalmente, y por insistencia de uno de mis jefes, decidí marcharme. Siempre he querido conocer otros lugares. Era mi momento. Y ahí estaba. Con la tarjeta del videoclub en la mano.
El reloj del horno, en la cocina, marcaba las 2:24 de la madrugada. Mis necesidades básicas, comer, beber, hacer pis, estaban cubiertas. Era el punto álgido de la noche en cuanto a insomnio se trataba, así que me puse el abrigo de piel vuelta y las zapatillas de tela azul marino que me regaló Maggie por mi cumpleaños y salí a la calle dispuesta a cruzar de acera y caminar dos calles a la izquierda hasta llegar al videoclub.
Una cosa que quiero que entiendan es que por el hecho de desnudarme de vez en cuando para un puñado de amantes de la carne no soy una fresca. Y, en consecuencia, no actúo ni visto como una fresca. Es verdad que suelo ser fácilmente impresionable por los hombres. Y eso tiene que ver, como bien imaginan, con que la mayoría de los señores que conozco dejan mucho que desear como personas. Así que cuando trato con un tipo normal todo es mucho más fácil y agradable. Entiéndanme.


Mientras caminaba por la calle pensaba en lo que me había crecido el pelo. Y en que me gustaba lo oscuro que lo tenía últimamente. El negro es un color elegante. Una vez vi una película sobre Johnny Cash, Walk the Line. No podría estar más de acuerdo con su percepción del color. Deberían verla. Si conociese a un tipo como Johnny Cash, aunque fuese en el bar, intentaría decir cosas interesantes y acertadas para poder verle de nuevo. Si algo suelo hacer es pensar en lo que decir si aparece alguien que me gusta de verdad. Luego me bloqueo y digo estupideces, ya he dicho que en eso era un desastre manifiesto. Pero llevo algunas frases y temas de conversación apuntados en una tarjeta, en la cartera. Por si tengo ocasión de ir al baño y repasarlo.
Al entrar en el videoclub una chica, muy amable, me saludó desde el mostrador. Levantando la cabeza. Un chico, más joven, salió de la puerta interior que había tras el mostrador, con un chaleco granate (como ella) y la carátula de Barry Lyndon en la mano. ¿Saben que toda la iluminación de Barry Lyndon es natural, que no recurrieron a luz artificial en toda la película? Hicieron tratamientos en el negativo y utilizaron objetivos con grandes aperturas. Lo leí hace poco. En aquel momento me limité a saludar amablemente, mientras pensaba en la mala leche que decían que tenía Kubrick.
El suelo del videoclub estaba cubierto de moqueta burdeos. Era un color bastante más intenso, y maltratado, que el de los chalecos de los dos empleados. En la parte de arriba, bastante espaciosa, había películas actuales. El mostrador estaba en el margen derecho del local, a la mitad, más o menos. Antes del mostrador había un hueco. Con unas escaleras que bajaban a otra planta. Las escaleras estaban recubiertas por una goma negra con círculos para no resbalar, a pesar de ser enormemente anchas. En la planta inferior la moqueta burdeos volvía a formar parte del decorado. Las películas que había abajo estaban catalogadas exclusivamente como cine clásico. Ordenadas cronológicamente. En la esquina opuesta a las escaleras, al final de todos los estantes, había una sección de películas pornográficas. Bastante divertida, por cierto. Las sinopsis de las películas porno son como agua para chocolate.
No había prestado demasiada atención a la hora desde que salí de casa pero había algo seguro: era tarde. Así que tampoco prestaba atención a la posibilidad de que no fuese la única persona tan interesada en el cine, y en el insomnio, como para acudir a un videoclub a altas horas de la madrugada; a modo de pasatiempo. O a tomar referencias, que también.
Pero, ya les digo, augurando situaciones próximas a la realidad soy una contraindicación.
Así bien escuché de un sobresalto como una voz profundamente masculina saludaba desde la puerta principal. Yo estaba abajo, cerca de la última esquina, desde donde me apresuré a poner distancia entre la estantería de las pelis X y yo, por si acaso. Y caminé entre huecos, memorizando fechas.
Lo siguiente fue una consecución de pasos firmes acudiendo en dirección planta baja. Como siempre, en estos casos, el pulso se me aceleró considerablemente. Me desabroché algunos botones del abrigo para tocar aire fresco. Sujeté la cartera con fuerza y dispuse un par de películas de las que sentirse orgullosa frente a mí.
¡Qué bien huele! Me dije mientras mantenía la cabeza y la vista adheridas a las carátulas de aquellos filmes de gran éxito. Entonces me dediqué a intuir sus movimientos. Mientras disfrutaba de su aroma y mi sudor. El encontronazo era inevitable. Quiero decir, aquello era grande, pero no tanto. Así bien, en su rodeo por cada bloque, casi en un descuido se colocó a mi lado.
-         Con Faldas y a lo Loco es considerablemente más divertida. – dijo segura la voz grave.
Entonces, resuelta en el pánico, mi cabeza, como si tuviese autonomía propia se giró hacia él.
Era un chico alto. Tenía el pelo negro, igual que su ropa. Y la nariz tan grande como las manos. Apegadas al tono de voz profundo. Masculino. Parecía sacado de una película clásica. Sí. Y hablaba mi idioma. ¡Mejor aún! Sabía que yo era extranjera.
Con la firme convicción de que en algún momento podría esconderme tras de alguna estantería y mirar la tarjeta de las frases agarré la cartera dentro del bolsillo con fuerza y sonreí.
-         Sí… - respondí entre dientes – si-siempre me ha gustado más.
Sin dejar correr el segundero el misterioso desconocido cruzó los labios de nuevo.
-         Lo siento, es probable que haya metido las narices en tus asuntos, lo sé. No pretendía intimidarte. Pero a estas horas es raro encontrar a alguien que tampoco duerme.
-         ¡En un videoclub! – exclamé de repente.
Vaya. ¡Qué estaba haciendo! ¡Estaba charlando como una persona normal!
-         En un videoclub – dijo él de nuevo, manteniendo una sonrisa intachable. – yo soy Jonás.
-         Jonás – repetí  inquieta – yo Lisa.
Aprovechando el silencio no escrito que existe siempre que se lanzan dos nombres y ambas personas tratan de memorizar, me deslicé sobre el pasillo contiguo y alargando la mano pude leer una de las frases de la tarjeta. Antes de que él pudiese decir nada salté. Como un resorte. Con impulso.
-         Y ¿qué te trae por aquí? – dije volviendo a asomar la cabeza.
-         Oh. – volvió a sonreír – supongo que lo mismo que a ti ¿no?, el cine. Bueno, y el insomnio…
¡Mierda! ¿Quién apuntaría una pregunta así? ¿A quién se le ocurre preguntar qué trae a otra persona al mismo lugar en el que se ha encontrado con ella?


Como no sabía qué decir me limité a sonreír. No quería explicarme. Me explico fatal. Hablo fatal. Y, por supuesto, cuando se trata de conocer a alguien soy un completo hervidero de horror.
-         No eres de aquí ¿verdad?
Tarde unos segundos en reaccionar.
-         Mmira – respondí nerviosa – estas cosas se me dan fatal. No soy buena haciendo esto. Será mejor que me dejes en paz.
¿Lo ven? Ahí estaba. En estado puro. Su respuesta fue clara. Y su gesto, cierto.
-         Siempre he pensado que por la noche no había más que locos en estos sitios, tú parecías normal. – con su retorno aún haciéndose llegar a mis oídos se marchó subiendo las escaleras con prisa.
Ni si quiera miró al mostrador para despedirse. Seguro que aquellos púberes se asustaron, incluso.
Salí por aquella puerta diez minutos después. Con cara de enfado. Al llegar a casa me resbalé en el sofá para dormir profundamente durante horas.
Durante la tarde del día siguiente, al despertar, coloqué algunos libros en mi nueva habitación y salí a tomar un café.
Pasó otra noche hasta que me incorporé al trabajo. Así adiviné que él era camarero. Sin tarjetas.
Dice que desde que trabaja ahí toda su ropa es negra. Hasta que encuentre algo mejor. A veces viene a verme en los descansos procuro decir cosas interesantes y acertadas. De momento no ha dejado de hacerlo.

Laura P.calle


29 October 2012

El relato del lunes: Tinfoil




La primera noche que Joe pasó en Nueva York la pasó en un hotel. En realidad era un hostal. Uno de esos hostales sucios que no suponen la toma de contacto ideal con ninguna ciudad.
A la mañana siguiente. Con previsión de pasar la noche en el mismo lugar, Joe, conoció a Madison. En un tropiezo Madison y Joe se dieron la mano antes de caer al suelo. La conversación empezó ahí, sobre un montón de cemento compuesto y varios charcos. Continuó en una lavandería que había justo en la esquina de Park Slope con la séptima y de ahí Joe se encontró moviendo sus cosas, que eran pocas, al apartamento de Madison.
No hubo sexo. Sé lo que están pensando. Pero no fue así. Aquella noche se desenvolvió sola. Tampoco tenían la sensación de ser viejos conocidos, pero no les estaba costando nada conocerse. Charlaron durante horas, bebieron vino y cerveza. Eso explicaría su dolor de cabeza a la mañana siguiente.
A la mañana siguiente, mientras Madison devoraba un yogur con muesli, Joe, que masticaba una manzana verde como si de chocolate suizo se tratara, se dedicó a observarla. Su pelo rubio, largo, liso, esparcido en un flequillo uniforme dejaba entrever de forma comedida y selectiva dos enormes ojos marrones. Sus labios finos, rosados, la cicatriz que aseguraba la parte inferior de su boca, entre dientes. Eso entraba dentro del perímetro que Joe alcanzaba a enfocar con los párpados aún empapados en sueño.
Joe North acostumbraba a llevar uno de esos gorros de lana gordos, de color oscuro, a partir de septiembre. Tenía el pelo castaño, casi negro, ondulado. Sus ojos hacían juego con la fruta que masticaba y su mandíbula marcaba las facciones masculinas de una cara al reflejo de años difíciles. Solía llevar barba, o bigote. Nada demasiado marcado. Lo que decidían sus días. Aquellos centímetros de pelo eran directamente proporcionales al tiempo empleado en desempeñar labores de verdadero provecho. Joe tenía una cicatriz en la mano izquierda. No le gustaría que les contase esto pero la abajo firmante de aquella marca fue la persona que le dio la vida. El día del incidente estuvo a punto de perder un ojo. Como Blind Willie Johnson.
Madison Six tenía los brazos largos, las manos grandes. Igual que Joe. Las curvas de su pecho encajaban con la forma de su cadera. Y sus largas piernas, dobladas sobre la encimera de madera, reafirmaban su desenfado con el mundo. Madison no presumía precisamente de una vida complicada. Nació en uno de los grandes hospitales de Nueva York. El Presbyterian / Weill Corner Medical Center. Al este del parque, en el número 525 de la 68. Frente al río. Andy Warhol, Malcolm X, Richard Nixon o Joey Ramone murieron allí. Su madre, Geena Six, era una de las doctoras en cardiología más reputadas del centro. Su padre, uno de los abogados más influyentes de la ciudad. La estabilidad era rutina para Madison. La soledad también.
Joe North nació en Boston, la madrugada del seis al siete de octubre. Siete años, cuatro meses, veintiséis horas, ocho minutos y dos segundos antes de que Madison, completamente desnuda y ensangrentada, saludase a toda la planta de maternidad del Presbyterian con un llanto feroz.
La puerta del bloque en el que vivía Madison era verde. Verde botella. Algo desgastada, por cierto. El edificio, como casi todos los edificios de la zona, era rojo. El ladrillo industrial y repetitivo delimitaba la figura.
Los inviernos en Brooklyn eran la mejor época del año. Aún quedaban hojas por barrer, así que la mejor época del año no había tocado inicio.
Después de aquella primera toma de contacto Joe consiguió un trabajo como escritor de chorradas, entendiendo por chorradas noticias relacionadas con crimen y sociedad. Morbo en general. En uno de los periódicos locales menos reconocidos.
Madison, que aún estudiaba, consiguió un trabajo como camarera en un bar cerca de casa. Para poder seguir afrontando gastos. Cuando uno abandona el Upper East Side para reconocer el valor de las cosas, y lo hace de manera consecuente, suele obtener una respuesta de resistencia y negativa por parte de esa familia acomodada a la que pertenece. Cuya imagen se verá directamente afectada. El <<qué dirán>> también ha sido siempre un caballero poderoso.


Eran aproximadamente las cuatro y media de la tarde del cuatro de noviembre del año corriente. Hacía tres meses que Joe y Madison compartían algo más que gastos y desayunos. Casi cuatro desde que se dieran la mano por primera vez. Dos horas desde que Madison había salido de casa con el pelo recogido y los ojos rojos después de la última discusión. A Bill no le hacía ninguna gracia que sus camareras llegasen tarde. Las excusan no eran excusa.
Mientras caminaba por la calle en dirección al trabajo, con la zapatilla desabrochada, y jugando a frotarse los ojos, Madison observaba el pavimento. Sin levantar la cabeza. Eso era lo más que podía hacer.
Antes de alcanzar la puerta trasera del restaurante, por la que entraban siempre, su compañera y amiga Sue, que apuraba uno de esos cigarrillos con filtro americanos casi tiritando, se acercó a ella.
  • ¡Eh! Eh. Espera, tienes mala cara. – exclamó Sue mientras tapaba la puerta de entrada y sacaba con delicadeza el rostro empapado de Madison del cuello del abrigo – No… Estás llorando, ¿qué ha pasado? – preguntó sobrecogida.
Madison giró la cara. Dios santo, ¡qué suyo era ese gesto! Cuando no quería hablar estrechaba la cara al hombro y apretaba los labios. Como una niña.
  • No voy a dejarte pasar así. Vamos… mírame Madie – susurró Sue pasando una de las espigas de pelo de Madison por detrás de su oreja – será mejor que te desahogues antes de ver la barriga de ese viejo dándote órdenes. ¿Qué ha sido?
Madison volvió a secar sus pestañas en los nudillos y tras un silencio de casi un minuto agarró uno de los brazos de Sue y se colocó frente a ella.
  • Ni si quiera sé lo que ha pasado, Sue. Supongo que he vuelto a equivocarme.- El llanto volvía a estallar como un espectáculo de pirotecnia en los ojos de Madison. Una cascada imparable a la que Sue no estaba segura de poder hacer frente con tan escasa información.
  • Madie, tú no te equivocas. Es que todo es algo incierto. En general, las cosas son inciertas, Mad. Ya sabes cómo es esto…
Sue acariciaba la mano de su amiga, aún sujeta a su brazo, con fuerza. Sabía que cuando Madison lloraba las cosas sólo se aclaraban con tiempo.
  • Es Joe ¿verdad? – Preguntó Sue algo indecisa.
  • Estaba todo bien – dijo Madison levantando la vista. Esclareciendo la duda al instante – Todo estaba bien y de repente, ya sabes, hace unos días que no parecía estar cómodo…
  • Bien, Madie, y ¿cómo ha sido?
  • Pues,… esta tarde, antes de venir a trabajar, mientras escribía uno de esos estúpidos artículos sobre por qué aumenta la criminalidad con el descenso de las temperaturas me he sentado encima de la mesa del salón – Madison hizo una pausa para llevarse los mocos con la manga de la gabardina – esa en la que escribe siempre y… bueno – las lágrimas de Madison continuaban cayendo en descontrol.
  • Sí, ¿y qué ha pasado? – dijo Sue repasando otro de los mechones de la narradora con cariño.
  • Pues… le pregunté. Sabes que no quería hacerlo, pero le pregunté sobre su estado de ánimo. Y sobre cómo podía ayudarle. ¡Joder! se me da bien hacer que las personas se sientan capaces. Lo sabes. – Madison volvió a pausar su discurso en detrimento de su estado de ánimo – de repente,… de repente me ha dicho que había otra persona. Que no estaba bien, que aún necesitaba tiempo para olvidarse de todo.
Desde que esa otra persona se desprendía de los labios de Madison las lágrimas caían duplicadas. Sus ojos estaban tan mojados que incluso parecían haberse aclarado. Como los de los ancianos o los perros cuando se ciegan con la tela blanca de las cataratas. Parecían azules. Como el agua cuando es coloreada por un preescolar en un dibujo.


Madison se había sentado a hablar con Joe, pretendiendo aclarar aquella frialdad a la que habían estado sujetos desde hacía unos días. Y la respuesta, sobre la mesa en la que escribía todo lo que publicaba en aquel periódico absurdo, había repercutido en Madison de la misma forma que si hubiera cogido una de esas jarras transparentes que venden en IKEA y, sin mediar palabra, hubiese arrojado cualquier contenido líquido sobre su rostro sorprendido.
Madison sólo había estado enamorada dos veces. Joe era la segunda persona que había conseguido hacer que sintiese que merecía la pena emplear su tiempo en cosas positivas. Era la segunda persona que había conseguido hacer que se sintiese parte de algo. Menos fuera. A Madison no le gustaba hablar de su corazón como si fuese algo que el resto de personas pudiesen romper.
Tampoco necesitaba convencer a nadie de que no estaba fastidiada. La sociedad entera lleva décadas enferma.

En el breve espacio de tiempo entre el resumen de lo sucedido y el abrazo que Sue tenía preparado desde que se encontrara con Madison, Bill, el propietario del negocio, abrió la puerta en la que esperaban, con la enorme tripa que le caracterizaba por delante, quedando algo paralizado.
  • Señoritas, me gusta saber que no soy tan imbécil como para invertir mi dinero en un montón de clientes desatendidos. – exclamó Bill bastante furioso, mientras señalaba su reloj de pulsera marrón y alzaba la vista sobre Madison.
  • Verá, Señor,… - procuró explicarse Sue.
  • No hay peros, Sue, entre ahora mismo si no quiere que haga efectiva una sanción con su correspondiente bajada de sueldo. ¡Se agarra usted a un clavo ardiendo!
Mientras Sue, obediente, se abalanzaba sobre el mango de la puerta, Madison, sin levantar la vista, se veía sujeta al gesto inquieto de Bill.
  • Señorita Madie, sabe que no soy muy amigo de las confidencias, pero esta es la primera vez que la veo verdaderamente afectada por algo. – exclamó Bill suave, sin saber bien cómo - la considero una persona inteligente. Espero que el motivo sea tan relevante como la mueca que se dibuja en su cara en estos momentos.
  • Sí, señor. – sollozó Madison.
  • Oh. No, no, nada de eso. No quiero que me dé la razón Señorita Madison. Quiero que se tome el tiempo necesario para que desaparezca ese malestar de su cara. Es palpable. A ningún cliente le gusta leer pena en la cara de quien, se supone, va a servirle una garantía de diversión.
  • Bien, señor. En unos minutos estaré lista para entrar.
  • Eso espero. – dijo Bill mientras cerraba la puerta trasera de un portazo.
A veces, Madison, pensaba en lo fácil que sería su vida si no hubiera decidido marcharse de casa. Bill era una de esas personas que todo el mundo detesta tener que tratar. Una versión empeorada del mismísimo Moe Szyslak.
Durante la tarde, entre las frases de ánimo de Sue al despiste de Bill y el esfuerzo por intentar permanecer entera, Madison, se dedicó a recordar. Recordar debería ser considerado arma blanca.
Entonces Madison recordó a Joe incapaz de mirarla a los ojos durante los primeros días. Él aprovechaba cualquier despiste de ella para hacerse con todas sus actitudes. Sus aspavientos. Sus ademanes de fortuna.
Joe era la única persona a la que Madison le enseñaba las cartas que se escribía con su madre. De hecho, como la letra de Joe era bastante mejor que la suya, a veces era él quien transcribía aquella correspondencia.

Y, no es que tuviese la sensación de conocerle, pero sí parecía haber un vínculo anterior. Por muchas razones. Yo siempre pensé que eran la misma persona entendida de diferente manera. Eso hacía que estando con ellos pareciese que llevaban tiempo juntos. Más de los escasos casi cuatro meses que habían pasado.
Uno no sabe bien por qué suceden estas cosas. Por qué una persona encaja para ti y de repente decide que para ella misma no encaja nada. Uno no sabe hasta qué punto merece la pena arriesgar lo que no tiene porqué jugarse por tener la certeza, desde luego incierta, de que algo puede ir bien. Las relaciones son lo más desagradecido de la vida. Y la única manera de encontrarse. La demostración de que la felicidad, tal y como la leemos, está ahí.
En la taquilla donde Madison guardaba sus cosas durante el trabajo encontró un par de aspirinas. Antes de volver a casa metió una de las pastillas en su boca y le dio el último trago al botellín de agua que llevaba en el bolso. En la televisión del bar estaban poniendo una de esas películas de finales de los 80 en las que nadie habla en un tono que no pueda considerarse ruido. De repente, uno de los personajes principales exclamó “¡Llama a una ambulancia!”. Madison se sentó en el banco de madera que había frente a las taquillas y cerró los ojos. Tan pronto como Sue entró en la sala Madison, como en un susurro, se encontró diciendo:
  • No quiero volver sola a casa.
Sue la besó en la cabeza lo mejor que supo. Se cambió de ropa y sin rehacerse la coleta, algo caída desde medio día, caminó con ella hasta la puerta verde que adornaba el portal del edificio.
No había ascensor. En ninguno de los edificios colindantes se había establecido la posibilidad de colocar un transportador de personas. Quizá porque hacía tiempo que Williamsburg venía siendo tomado por gente joven. Gente que, como Madie, gustaba de subir escalones (siempre que no fuese cargada con la compra, que tampoco era tanto) sólo por el placer de reorganizar tareas y mensajes, a veces subliminales, antes de cruzar el umbral de su propio espacio. A Madison le costó una hora y treinta y ocho minutos atravesar la línea no física que había entre el descansillo y el salón-comedor de su casa.
Cuando consiguió introducir la llave en la cerradura y pasarla, como un ritual, tantas veces como pudo, empujó la puerta deslizando su mano por la superficie, también desgastada, y supo que se había marchado.
Sobre la encimera de madera en la que se recordaba había un trozo de papel de plata con un par de palabras escritas.
Madison asió aquella lámina con vigor. Y se tendió sobre el suelo frío, junto al recibidor. Toda la noche.
Fue Sue quien llamó a la ambulancia.
Laura P. Calle.
















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