No
contagiarse de cierta expectación desde que Rebecca
Gates
y Ted
Leo
aterrizaron en Madrid a mediados de septiembre para iniciar su gira
europea ha sido bastante difícil, y particularmente complicado para
quienes asistimos el pasado viernes a la velada en la sala
Heliogàbal.
No solo porque tras el primer tercio de la gira viéramos cómo
abandonaban el país para pasearse por Francia, Gran Bretaña,
Alemania e Italia antes de regresar y ponerle un lógico colofón en
Barcelona (cuna del sello que les mima, La Castanya), sino porque en
su ausencia fuimos siguiendo el hilo del entusiasmo que han levantado
en cada una de las ciudades visitadas, reflejado en reseñas,
mensajes y entrevistas vistas en la red en los últimos días. Con
todas las entradas vendidas, en Heliogàbal no hubo más remedio que
prescindir de la habitual hilera de sillas y butacas delante del
escenario.
Ambos
artistas se presentaban sin sus bandas de acompañamiento (ella sin
The Consortium, él sin The Pharmacists), recrudeciendo sus
composiciones y robusteciendo la comunicación con un público ante
el que parecían tener retos distintos. Para Rebecca Gates era como
una presentación, un recordatorio de su vigencia tras once años sin
publicar disco y priorizando otras disciplinas artísticas, aunque
teníamos reciente su etéreo concierto en el Minifestival de 2010.
Para Ted Leo, en cambio, era un baño de multitudes entre un público
cómplice y fiel que deseaba adivinar cada canción tras el primer
par de acordes para cantarla al unísono. Podían parecer situaciones
incompatibles (la quietud de ella, los acelerones de él), pero en
realidad se complementaron admirablemente.
En
una de sus cómicas intervenciones habladas mientras afinaba la
guitarra entre canciones, Rebecca Gates dijo algo con lo que
prácticamente me escribió su reseña. Yo habría vuelto encantado a
casa, intentando darle vueltas a algo que definiera lo intangible,
esa calidez esencial, pero no me dio tiempo a pensar. Mencionó esa
cosquilleante sensación de enamoramiento veraniego como constante
fuente de inspiración para su trabajo, y creo que eso es lo que
recoge mayoritariamente su música: esa tensión entre un sentimiento
de ternura extática y la certeza de que va a tener una caducidad
inminente, revisada desde una melancolía ya otoñal. A Gates le
gustan los acordes abiertos, esos que combinan notas agudas y
minúsculas con dos o tres cuerdas sueltas, y con ello consigue
simultáneamente transmitir intimidad y expansión. Su voz arenosa
serpenteó entre esos acordes con naturalidad y calma, tanto en el
cancionero que estrenaba (especialmente emocionante el inicio fuera
de micrófono de la envolvente 'Rose') como en los rescates de la
banda que manejó en los años noventa, The Spinanes ('Azure', 'For
No One Else' o 'Sunday'; esta última, dijo, "una
petición").
De
The Spinanes fue guitarrista Ted Leo poco antes de que el grupo se
desintegrara definitivamente (lo cual certifica su añeja amistad con
Rebecca), y la verdad es que cuesta imaginar cómo debía controlar
su aparente hiperactividad participando en canciones tan pulidas como
las de ella. Desde el momento en que se calzó la guitarra en el
rincón rojo de Heliogàbal, si algo se le suponía imposible a Leo
era mostrarse comedido o simplemente quieto. En cierta manera dio el
espectáculo de un showman (algo que propició el apoyo incondicional
del público) aunque lo digo sin pensar en artificio ni
histrionismos; más bien por su expresividad interpretando y por su
carácter campechano hablándole a la audiencia entre tema y tema (a
la que se dirigió siempre que supo en catalán) con una sonrisa
contagiosa. Por un lado, encandiló sin esfuerzo como persona, pero
como mensajero de esas canciones que van a la velocidad del trueno
(su herencia hardcore) pero que tienen una complejidad estructural
considerable y no descuidan el tintineo sentimental en la melodía,
estuvo también impecable. Ted también presentó muchas canciones
aún inéditas entre las reconocidas y coreadas ('Me and Mia', 'Where
Have All the Rude Boys Gone?') y estando donde estaba, acabó el set
principal tocando 'La Costa Brava', para la que se animó a hacer
coros espontáneamente Rebecca Gates (que hasta entonces había
estado medio escondida tras la barra del bar sirviéndole copas a Ted
y viéndole actuar). El respeto a los vecinos acortó el bis a tres
canciones (entre ellas, versión tabernera de 'Soy Así' de Los
Salvajes) y, como nadie quería dejarle marchar aún, consiguieron
hacerle cantar una pequeña canción tradicional irlandesa a capella
para despedirse. No le tengan en cuenta esta delicadeza: la cantó
con el mismo fervor, y luego siguió pinchando discos de grupos como
The Slits, Crass o MC5 el resto de la noche en la misma sala.

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